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Is This It: ¿Por qué un disco de hace 25 años sigue tan vigente?

Hace ya 25 años del lanzamiento de Is This It. Lo sé... ¿en qué momento pasó?, ¿no? Volver a este disco hoy nos deja esa extraña sensación que se siente al cruzarse en la calle con un gurí chico que ahora está enorme: ese golpe repentino y vertiginoso de mirar atrás. Y es que al rebobinar el tiempo hasta el 2001, cuesta creer que lo que hoy es un clásico indiscutible haya nacido sentenciado a muerte. Según Steve Ralbovsky (ejecutivo de A&R de RCA Records), el álbum debut de The Strokes presentaba el sonido menos profesional que había escuchado hasta entonces: «Esto no se va a vender, y realmente están dañando su carrera al intentar lanzar música que suene de esta manera». Incluso la mirada inicial, escéptica y modesta, de su propio productor, Gordon Raphael, sugería que el debut de la banda neoyorquina quedaría sepultado en un cajón lleno de maquetas en una industria que, por aquel entonces, solo tenía ojos para productos mucho más rentables: el auge del nu metal y sus superproducciones grandilocuentes.

Todo comenzó cuando el sello británico Rough Trade lanzó el elepé The Modern Age en enero de 2001. La reacción de la prensa del Reino Unido fue unánime e increíblemente positiva; la revista NME los llevó a portada dos veces en tres meses y calificó su trabajo como una auténtica revelación. Se desató entonces una feroz guerra de ofertas entre las discográficas estadounidenses y, contradiciendo todo pronóstico comercial, el primer larga duración de la banda vio la luz el 30 de julio de 2001 con un lanzamiento internacional a cargo de RCA Records.

La conexión con Gordon Raphael nació casi por azar. Raphael solía presentarse como ingeniero de sonido al recorrer los clubes de Nueva York para atraer clientes a su propio estudio, Transporterraum. Aquella noche en el club Luna Lounge, Raphael se acercó a la banda; una irónica segunda opción para el productor. Sin embargo, en un entorno dominado en el año 2000 por el post-grunge de Foo Fighters o Nickelback y la agresividad masiva de Limp Bizkit, Linkin Park, Korn, Slipknot o Papa Roach, el quinteto neoyorquino hizo una apuesta magistral por la crudez. Fue un acto profundamente disruptivo: una movida contracultural diseñada estratégicamente para sacudir lo establecido y ofrecer una nueva identidad sonora a oídos ya saturados de escuchar siempre lo mismo.

Fue así como en marzo de 2001, la banda integrada por Julian Casablancas (compositor y voz), Albert Hammond Jr. (guitarra), Nick Valensi (guitarra), Nikolai Fraiture (bajo) y Fabrizio Moretti (batería) se encerró en aquel sótano del East Village de Manhattan. El resultado fue un compendio de once canciones con una duración total que apenas supera los 35 minutos. Pero la disrupción no fue solo sonora; vino acompañada por la polémica portada fotografiada por Colin Lane, que mostraba la cadera desnuda de su entonces novia con un guante de cuero negro apoyado sobre ella. Censurada en Estados Unidos por supuestamente incitar al escándalo sexual y provocar el rechazo de las tiendas, RCA la reemplazó por una imagen de partículas subatómicas en una cámara de burbujas del CERN. Fiel a su estilo irónico, Casablancas se mostró entusiasmado con el cambio, asegurando que era incluso mejor que «la del culo».

El título del álbum funciona como el marco conceptual perfecto para lo que la obra busca transmitir, reforzando la idea de que la sencillez fue una elección deliberada y no un accidente. Como bien señaló el periodista de Rolling Stone, David Cavallo, la pregunta «Is this it?» («¿Eso es todo?») ponía en duda todas las promesas de exceso, fiestas y vidas emocionantes hechas a una generación atrapada en el individualismo y la incertidumbre de un futuro gris. «A principios de los años 2000, los jóvenes de las grandes ciudades parecían atrapados en un camino predeterminado para la mayoría: salir de la escuela, terminar la universidad, conseguir un trabajo de escritorio ocho horas al día, cinco días a la semana, y desahogar la frustración de la monotonía con placeres efímeros pero hasta cierto punto efectivos. Hoy, más de dos décadas después del inicio del nuevo milenio, el pensamiento colectivo entre muchos jóvenes no es tan distinto, cambiando solo los elementos del entorno: Instagram para vender estilos de vida inalcanzables,TikTok para terminar de destruir la capacidad de atención de las personas, ChatGpt para reafirmar cualquier cosa que se le diga en un tono complaciente y poco crítico, y el auge del fascismo y la extrema derecha en todo el mundo que al parecer su objetivo es generar la mayor cantidad de conflictos bélicos posibles...»

Para capturar esta urgencia existencial, la visión de Casablancas fue clara: «sonar como una banda del pasado que viajó al futuro para grabar su disco». Raphael aceptó el reto bajo un estricto enfoque minimalista, limitándose a un máximo de once pistas por canción y un ajustado presupuesto de 20.000 dólares —una cifra insignificante frente a titanes de la época como el OK Computer de Radiohead (100.000 dólares) o el mítico Tusk de Fleetwood Mac (un millón de dólares)—. Estructurando la producción en Logic Audio y Pro Tools Mix Plus, el ingeniero prescindió de grandes lujos y utilizó apenas preamplificadores API y un Avalon 737, mezclados a través de una consola Soundcraft Ghost. Las limitaciones técnicas iniciales de tener solo ocho entradas obligaron a la banda a registrarse simultáneamente y en directo, utilizando tres micrófonos para la batería y uno para cada instrumento y voz. Aunque luego sumaron una segunda interfaz, se rechazó el aislamiento acústico tradicional; el sangrado (bleed) entre micrófonos fue deliberado, permitiendo que los instrumentos «bailaran juntos en el aire».

Esta honestidad cruda se potenció con una experimentación espacial audaz. Raphael colocaba micrófonos en el techo para captar estéreos inusuales mientras realizaba mezclas instantáneas que inyectaban confianza al grupo. Las baterías oscilaron entre la explosión analógica de un Audio-Technica 4033A y procesos de compresión extremos que las hacían emular cajas de ritmos, llegando a alejar el hi-hat a más de un metro del kit para evitar interferencias. Las guitarras se registraron directas y sin ecualización mediante micrófonos Sennheiser 421 frente a amplificadores Fender DeVille. Finalmente, la icónica estética vocal de Julian Casablancas se esculpió bajo la premisa de «aflojarse la corbata»: combinando la señal limpia del Avalon con el sonido sucio y distorsionado de un minúsculo amplificador de práctica Peavey capturado por un Neumann TLM103, lograron el equilibrio perfecto entre la urgencia del garage y el control moderno.

Esta cuidada artesanía de lo crudo engendró himnos instantáneos como “Someday”, “Last Nite” y “Hard to Explain”. Con una evidente herencia de The Velvet Underground y The Stooges, el álbum abre de par en par las puertas del garage rock para arrojar preguntas incómodas sobre el hastío urbano, la sexualidad y la alienación moderna.

El viaje arranca con el tema homónimo, “Is This It”, que se introduce con un sutil efecto de cinta rebobinándose que transita de lo agudo a lo grave, anticipando con ironía el espíritu del disco. La batería entra con un minimalismo tan desnudo que evoca el sonido despojado de un ensayo casero. Sobre ella, las líneas de guitarra se entrelazan al unísono con una melodía dulce que recuerda a los Pixies, sirviendo de contraste a la interpretación perezosa y desesperanzada de Casablancas. Su voz, filtrada por una distorsión que evoca —en sus propias palabras— unos pantalones viejos, gastados pero cómodos, fue minuciosamente trabajada: Julian repitió las tomas hasta dar con esa textura telefónica exacta que resulta abrasiva pero extrañamente nítida. Hay una fascinante carga de intención detrás de cada detalle, como ese "it" seco e inacabado al final del primer estribillo que transmite un cansancio absoluto. El clímax llega al primer minuto, cuando irrumpe una de las líneas de bajo más memorables del rock contemporáneo, consolidando una atmósfera perfecta para una letra que retrata el estancamiento de un romance condenado a la inercia. En contexto social, esta canción y su sucesora, “The Modern Age”, retratan el desgaste de los vínculos: estamos demasiado exhaustos para conectar genuinamente; consumimos seres humanos bajo la lógica del mercado y el mínimo esfuerzo, transformando las relaciones en una mera performatividad.

A continuación, “Soma” —inspirada en la droga ficticia de Un mundo feliz de Aldous Huxley— narra el consumo de sustancias como un anestésico social para sobrellevar la realidad o encajar en los círculos de la artificial cultura cool. Musicalmente nos traslada a la intimidad de un garaje: la ausencia total de reverberaciones exageradas, el paneo extremo de cada guitarra a un lado del estéreo y una base rítmica lineal preparan el terreno para que la voz de Casablancas se desgarre en el verso final, encendiendo el motor del disco. Esa misma exploración de la juventud urbana continúa en “Barely Legal”, un abordaje de la iniciación sexual y sus tensiones culturales que arranca de forma frenética con un riff de guitarra instantáneamente reconocible.

Llegamos entonces a “Someday”, la pieza más celebrada en plataformas de streaming. La canción explora con maestría la dualidad entre la melancolía por la juventud perdida —caracterizada por la diversión y la despreocupación— y el peso de las responsabilidades presentes, planteando un dilema ético sobre el destino de las promesas que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás al madurar. Esta soledad inherente a la vida moderna se profundiza en “Alone, Together”, un recordatorio de que sentirse solo rodeado de gente es un síntoma crónico de las lógicas de nuestro sistema actual.

Inaugurando la segunda mitad del álbum, “Last Nite” se alza como el pilar comercial de la obra. Aquí, la batería gana una presencia desbordante a través de su energía y Casablancas arranca con una urgencia que evoca a un John Lennon en su fase más visceral y maníaca. Como tema, el narrador decide romper con una relación dañina, un proceso de reestructuración neurótica que es más fácil de enunciar que de ejecutar, y para el cual rara vez se encuentra un soporte real. Es precisamente esta tensión psicológica y musical lo que vuelve magnético a este trabajo. Como me ocurrió al descubrirlo, Is This It posee la cualidad de los grandes clásicos: mejora exponencialmente con cada escucha, revelando nuevas capas bajo su aparente simplicidad.

Esto es evidente en “Hard to Explain”, probablemente el corte con el sonido más crudo y podrido del disco debido a la saturación de su guitarra base. En ella destaca una ruptura deliberada del audio en el canal izquierdo del estéreo que emula la interferencia exagerada de un vinilo gastado; lejos de molestar, genera una textura sumamente placentera. El pulso social vuelve a acelerarse con “New York City Cops”, una de las canciones más controvertidas del quinteto. Inspirada de forma directa por el asesinato del joven Amadou Diallo a manos de la policía en 1999, la canción lanza una crítica mordaz e irreverente a la brutalidad policial neoyorquina al afirmar que «no son demasiado listos». Este dardo político provocó que el tema fuera eliminado de la edición estadounidense tras los atentados del 11 de septiembre, siendo reemplazado por respeto a las fuerzas de seguridad del momento.

Hacia el cierre, “Trying Your Luck” nos devuelve a la melancolía introspectiva del inicio, preparando el terreno para que “Take It or Leave It” clausure el álbum con un estallido de energía post punk. Su dilema final —aceptar las cosas como son o abandonarlas por completo— nos invita a releer el disco no como una mera colección de sencillos, sino como una obra conceptual sólidamente cohesionada.

Existe un amplio debate sobre si la desarmante sencillez de Is This It fue un accidente o un cálculo frío; sin embargo, la meticulosa producción demuestra que se trató de una decisión plenamente estética y deliberada. Esto altera radicalmente nuestra recepción de la obra, conectándonos con su intención pura y dotándola de un valioso marco narrativo. Aunque su aspereza desafía los cánones comerciales de la pulcritud sonora, la crítica especializada se rindió de inmediato a sus pies: NME le otorgó un puntaje perfecto de 10/10 y lo nombró mejor álbum del año, una corona que también le concedió Billboard; y Rolling Stone lo ubicó en el puesto número ocho de su lista anual, Pitchfork lo puntuó con un sobresaliente 9.1/10 y la revista Mojo lo situó en el puesto 33 de sus 100 clásicos modernos. Un cuarto de siglo después, el disco se mantiene asombrosamente fresco tanto en temática como en vigencia sonora. Lejos de ser un mero ejercicio de nostalgia, Is This It permanece como un clásico de la modernidad que reescribió la historia del rock contemporáneo, tendiendo un puente generacional entre jóvenes y adultos, y pavimentando el camino para la explosión global de bandas como Arctic Monkeys, The Killers y Franz Ferdinand.

Su vigencia se confirma cuando la distorsión de garaje sale de los auriculares y se materializa en el barro de un festival. Haber vivido el show deslumbrante que dieron en el Lollapalooza Argentina 2022 fue, para mí, la prueba definitiva de que The Strokes no vive de la nostalgia. Si todavía no han tenido la oportunidad de cruzarse con ellos, la próxima edición del Primavera Sound en Buenos Aires es el momento para saldar esa deuda. Siempre y cuando sea una decisión económica responsable, les animo a aventurarse; el viaje vale cada segundo.


Autor: Matías Silvera.

 
 
 

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