Robert Plant en el Gran Rex: Un Análisis Psicológico
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- 12 may
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Actualizado: 15 may

Escuchar la voz de Robert Plant el pasado 10 de mayo en el teatro Gran Rex de Buenos Aires fue para mí una experiencia cercana a lo trascendental.
Les pongo algo de contexto para que se entienda lo que significa para mí este show: imagínense haberse sentido «viejos» durante casi toda la adolescencia por no compartir el gusto por la dinámica de los bailes de un pueblo chico del interior. Imagínense haber encontrado en ese mismo pueblo a tres gurises que tenían ganas de armar una banda de rock y tocar algunos temas de Led Zeppelin. Imagínense tener 15 años y que tu entonces cuñada te pescara in fraganti pasando una cuerda de guitarra suelta, de forma transversal, por encima de las cuerdas de la guitarra eléctrica intentando simular un efecto de violonchelo para acompañar la parte psicodélica de “Whole lotta love”. Ahora súmenle a esa imagen mi cara de éxtasis estilo Ace Ventura y tendrán el panorama completo. Así fue mi adolescencia, una etapa de profunda experimentación acompañada por la voz de Robert Plant. ¡Qué importantes son los referentes artísticos para ayudarnos a desarrollar la experimentación!
Al día de hoy he visto muchos recitales -algo de suerte, algo de búsqueda-. Dentro de la categoría de íconos musicales he visto con mis propios ojos a veteranos como Bob Dylan, Willie Nelson, Paul McCartney, Eric Clapton, Chuck Berry, Roger Waters, Ozzy Osbourne, Paco de Lucía, etc. Pero lo cierto es que hay posibilidades que uno ya no espera tener, y aun así la vida te sorprende. Una de esas posibilidades fue ver a Robert Plant. O sea Robert Plant, ¿entendés? Una leyenda viva. O en palabras de Lisandro Aristimuño, quien abrió el show: «un ángel». Lisandro es otro capítulo aparte, estuvo tremendo, qué justicia le hizo al porte de la Tyler en el escenario, la mejor decisión que pudo tomar fue hacer ese formato simple, voz y guitarra, con el cual me conquistó.
Hace muy poco Plant sacó un disco nuevo titulado Saving grace, por el sello Nonesuch, caracterizado por ese estilo folk rock clásico que tanto me gustaba cuando escuchaba una de mis canciones preferidas en la vida: “Going to california”, de Led Zeppelin. Canción esta que para nuestro deleite estuvo presente en el setlist de ayer, junto también a “Ramble on” y “Rock and roll”. Recién iba la cuarta canción del show cuando la gente ya no se aguantó más en las butacas y como resortes explotaron de emoción: «¡olé, olé, olé, olé, Robert, Robert!». No sé qué querían que oliera. Pero la cuestión es que esto generalmente en teatros sucede al final del espectáculo, pero en este recital sucedió al menos cuatro veces. Plant levantó euforia en el público. La gente no se podía contener, querían expresar su goce. Los aplausos eran trompadas que se daban una palma de la mano con la otra. En este show nadie se fue antes de que termine el espectáculo, si es que entienden mi referencia...
Me encanta cuando no se necesita mucha parafernalia para un show, solamente músicos excelentes, un sonido impecable y algunas pocas luces. Amo también cuando se percibe de forma evidente la organicidad del sonido, de las interpretaciones y por supuesto de la voz. Robert cantó tan bien! Una técnica impecable, sostuvo la voz todo el tiempo, cambió a armonías más bajas cuando fue necesario, hizo bending vocals magistrales, sin temblor en la voz, con precisión y calidez. O sea, cómo explicarlo?... con todo el enmascaramiento de la tecnología y además con el paso del tiempo, uno va a los conciertos con expectativas humildes, porque casi nunca los cantantes suenan igual en las grabaciones que en vivo, y allá va Robert y te demuestra que hay gente que es orgánica, que hace las cosas bien de verdad, que se esfuerza toda la vida por mantener y mejorar su herramienta musical. Sé que quizás no le quede mucho tiempo a esa organicidad en la música y en la vida, por eso trato de disfrutarla lo más que pueda mientras dure. Qué ganas tenía de escuchar ese «uuuhhhh yeah».
Entre las cosas sutiles que llaman la atención está el cambio de luces dinámico, Robert y Suzi Dian permanecían adelante; sin embargo, en la oscuridad, solamente iluminados cuando cantaban. Esta estrategia de iluminación tenía la clara intención de protagonizar a la excelente banda que instrumentaba la noche. Un gesto simple, elegante y discreto, al estilo inglés. Nunca dio la sensación de estar viendo a una estrella con una banda sin importancia de fondo, siempre se resaltó el valor del grupo.
¿Puntos negativos? No encontré realmente. Ni desde lo musical, ni desde la organización, ni desde el público. Un público apreciador de la música, que sabía que no valía la pena cantar arriba de Robert Plant, por más que por dentro estuvieran gritando. Nadie pateaba el asiento, todo se dio para poder disfrutar. Al lado mío había un señor de 60 años, acompañado por su familia; en un momento, como el piso de la platea es de madera y empezó a pegar con el pie, pensé: «ta ya era... va a estar todo el recital molestando», pero resultó que golpeaba el pie a ritmo, haciendo inclusive algunos piques interesantes que andaban bien con la percusión. Me identifiqué con el señor, en un momento estábamos los dos golpeando el pie, cabeceando al mismo ritmo, involucrados con la situación y agradecidos de poder estar allí. Pensé para mí mismo: «y bueno... si este es el futuro que me espera... demás!».
Pero ahora me quiero detener un momento en la relevancia psicológica de este espectáculo. Y fueron varias, no solamente el goce estético... para mí fue el reencuentro con una parte de mi identidad; fue también una forma de toparse con las cuestiones inherentes al paso del tiempo y la pregunta por la vigencia del arte y el pensamiento de nuestros referentes; sobre cómo se relaciona la experimentación con el cambio y los beneficios del poder pensarse de forma diferente; y por último sobre la humildad como forma de posicionarse ante la conciencia de las condiciones de privilegio desde las que uno parte para tener esas posibilidades de cambio, y cualquier otra posibilidad que se tenga.
El mismo Robert Plant hizo varios chistes y referencias a su edad, 77 años, durante el concierto. El tema es que claro, ahí pasan varias cosas: primero toparse con el prejuicio popular de que la vejez es obsoleta, inclusive en un mundo que avanza tecnológicamente de forma tan voraz, donde las ideas viajan a una velocidad que da la sensación que casi no sirve de nada aprenderlas antes de su nueva mutación inminente. Cada vez queda menos claro cuál es el punto de la mejoría, si la inclusión o la exclusión, si la buena convivencia o el individualismo. Y entre medio de todas esas cuestiones está el «avance» en el arte, la utilización de la mayor cantidad de parafernalia posible para habilitar nuevas tendencias de consumo, sacrificando muchas veces el contenido, abandonándonos en un mar de posibilidades como si por el simple hecho de presentarlas se nos hicieran más posibles.
Segundo, lo que nombré en la crítica anterior: no se puede minimizar el impacto de la expectativa que tiene el público de que un artista se repita hasta el cansancio o hasta la muerte, porque en ello reside justamente la necesidad que tenemos de validar que las cosas siguen iguales, que si ese artista no cambió, nosotros estamos también a salvo de cualquier cambio inoportuno que nos venga a incomodar. Sabemos que muchos artistas sostienen eso con conciencia y a conveniencia; otros que no lo toleran y se quedan en un personaje eterno; y otros como Robert Plant que le dicen basta, con elegancia y esfuerzo, se permiten poner límites, experimentar y cambiar. La experimentación es el ensayo necesario para poder evaluar las repercusiones de nuevas formas de pensar y de accionar antes de consolidarlas. O sea, la experimentación es una de las condiciones del cambio. Pero ¿para qué sirve ese cambio? Para adaptarse a ciertas circunstancias de la vida, para regular el humor, la satisfacción y el sentido de pertenencia durante esas transiciones; siempre y cuando las condiciones sociales, económicas y políticas lo requieran, obviamente. Si no, te quemas la cabeza al pedo, en nombre de la sabiduría, el bienestar, el progreso y la evolución.
Robert dijo en una entrevista para Uncut: «No me interesa la nostalgia ni que el pasado condicione este presente. Saving grace existe porque necesitamos crear y disfrutar de la música sin presión, solo por el placer de hacerlo juntos». Esto me hace pensar, «ok, bien, pero ¿cuáles son las condiciones de privilegio de las que parte Robert Plant para permitirse crear y disfrutar la música sin presión?» Paradójicamente: su reputación, y no solamente eso... basta con ver a Robert todo el show parado, y agachándose como si nada para agarrar la botella de agua del piso a sus 77 años, para entender que ahí pasa algo. Tuve también la oportunidad de ver a conterráneos de Robert como Sting, Roger Waters, Paul McCartney, Robert Smith, entre otros, de similar edad y condiciones físico-mentales, y creo que estamos ante la muestra evidente de que es también la tranquilidad de vivir en un país del primer mundo con una economía estable, con buena educación y políticas que hacen que la preocupación de sus ciudadanos sea otra a la del ciudadano promedio de América del Sur; y por supuesto si le sumamos las cuestiones de género y otras tantas, podríamos decir que su mente no está en modo supervivencia. Sin embargo, se dice que aunque le hubiese gustado no poner su nombre en el álbum, lo puso igual por cuestiones de conveniencia comercial, mostrando lo difícil que es salirse de esta lógica de validación.
Ahora bien, sería una falta de respeto a la inteligencia de Robert Plant pensar que él no sabe todo esto; entonces, si partimos de la premisa de que lo sabe, entendemos que su muestra de humildad en el escenario es una forma de posicionamiento ético ante un legado que si bien tiene mucho que ver con su talento y esfuerzo, también es consecuencia de un contexto favorable. Robert se hace cargo de su historia sin dejar que el peso de su legado le impida seguir siendo una persona que hace música.
Autor: Matías Silvera.



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